LA VIGENCIA DEL MITO DE ÍCARO
(Editorial, nº 1, pp. 5-6)

   Narra la tradición que Ícaro, hijo de Dédalo, escapó junto con éste del laberinto en el que fueron encerrados por el rey Minos, valiéndose de unas alas unidas al cuerpo por medio de la cera. Pero, Ícaro, desoyendo las instrucciones de su padre (1), se acercó en su vuelo demasiado al sol, con lo que se derritió la cera que le unía a sus alas, y cayó al mar, donde murió.

   «No tomes un rumbo propio», decía Dédalo. Consejo antiilustrado que Ícaro desoyó. Igualmente nosotros queremos abandonar con Ícaro el camino seguro y trillado de la mediocridad y desbordar el mundo de los hechos, de los fenómenos, de todo los que nos circunda (lo que nos conforma y a la vez nos aprisiona), mas no por desprecio o resentimiento, sino para, en el vuelo, poder vislumbrarlos en su conjunto, en su totalidad (porque ¿de qué otra manera, si no con un vuelo, podemos alejarnos de los árboles para poder ver el bosque?).

   Nadie vea aquí un intento de ser originales. Pretendemos, más bien, ser "originarios", ir al origen de los problemas, a sus causas, al porqué de las cosas,... y no al cómo, al cuándo o al dónde. Ni nadie interprete de manera literal el emblema que presenta y representa nuestra revista. (2) Nos interesa, pues, el aliento que anima al mito, que lo dota de vigencia. (3)

   Pretendemos, por tanto —siguiendo a Ortega: «toda la sabiduría de hechos es, en rigor, incomprensiva, y sólo puede justificarse entrando al servicio de una teoría»(4)—, no conformarnos con meramente saber o conocer, sino ir más allá y atrevernos a entender, a comprender. Propuesta inconformista, que naturalmente conlleva sus riesgos (y muy severos), pero como dijo Unamuno: «Morir como Ícaro vale más que vivir sin haber intentado volar nunca, aunque fuese con alas de cera». (5)

   Renunciar, por tanto, a la poquedad de miras y emular a Ícaro. Con sus peligros. Pero, ¿acaso los riesgos que pueda conllevar, por ejemplo, la defensa de la dignidad del hombre —proyecto que, por sí mismo, supone una de las metas más excelsas para la realización de una vida individual y por tanto finita— deberán obstaculizarnos? (6) Porque ésta es, a nuestro juicio, la razón y el sentido del vuelo que aquí preconizamos: la constatación de la injusticia, su presencia cotidiana, su institucionalización; en fin, la conculcación sistemática de los inviolables derechos humanos.

   Ambición, pues. Soledad vigilante y preocupada por la polis. Individualismo que se sabe indisociable del contexto social en el que surge. Recorrido exhaustivo por los hechos, también; pero no descansando en ellos: incorporándolos a teorías, a explicaciones causales; dotándolos, en fin, de sentido, de esencia, de realidad. Proceso interminable, siempre inconcluso, pero con frutos nuevos y fértiles a cada momento. Reflexión autónoma que necesita —y lo sabe— del diálogo con los demás hombres (como suelo propicio de donde brota).

   Al final, ¿surgirá de aquí una praxis emancipadora? No nos preocupa: entender es ya —en sí mismo— una praxis, y una praxis necesaria, preciosísima y urgente (que no precipitada). Una praxis ambiciosa, arriesgada, vigorosa, esforzada... pero como dijo Spinoza: «Todo lo excelso es tan difícil como raro». (7)

José María Clemente Bonilla
Director de El vuelo de Ícaro

NOTAS:

(1) «Después de haber preparado el par de alas de Ícaro, le dijo [Dédalo] con lágrimas en los ojos: "¡Hijo mío, ten cuidado! No vueles a demasiado altura para que el sol no funda la cera; ni demasiado bajo para que el mar no humedezca las plumas." Luego deslizó sus brazos en su par de alas y ambos emprendieron el vuelo. "Sígueme de cerca —gritó— y no tomes un rumbo propio."» (Graves, R., Los mitos griegos, vol. 1, Madrid, Alianza Editorial, 1995, pp. 389-390.) [Volver]

(2) ...Como nadie interpretará el símbolo hegeliano de la lechuza de Minerva pretendiendo únicamente leer o escribir filosofía cuando el sol (como entidad física) se ponga, o como nadie seguirá a Gustavo Bueno (con su emblema del basilisco) conviertiéndose en un pirómano gratuito de todo lo que le rodea. [Volver]

(3) Véase, si no, la utilización del mito que André Comte-Sponville lleva a cabo en su libro El mito de Ícaro. Tratado de la desesperación y de la felicidad, Madrid, A. Machado libros, 2001, trad. de Luis Arenas, en prensa, y cuya introducción publicamos en este número. [Volver]

(4) Ortega y Gasset, J., Meditaciones del Quijote, Madrid, Cátedra, 1990, p. 57. [Volver]

(5) Unamuno, M., «¡Adentro!», en La agonía del cristianismo. Mi religión y otros ensayos, Madrid, Plenitud, 1967, p. 134. [Volver]

(6) Sólo desde la lógica de la supervivencia (de la mera supervivencia del cuerpo biológico) pudiera tener esta renuncia algún sentido, si bien de muy corto alcance, en todo caso. [Volver]

(7) Spinoza, Ética, Alianza Editorial, trad. Vidal Peña, 1987, p. 379. [Volver]